Seis equipos africanos participan en el primer mundial de fútbol que se celebra en tierra africana. En todos los rincones del continente la gente se siente orgullosa de este acontecimiento y se esfuerza por seguirlo como puede, aunque los medios para ello sean escasos. En la localidad de Kitgum, en el norte de Uganda, sólo hay un lugar donde se pueden ver los partidos: el hotel Boma. Su dueño, uno de los pocos ministros originarios de esta parte del país, instaló hace años una conexión satélite y hace pocos días puso una pantalla lo suficientemente grande para que los partidos pudieran ser vistos por el mayor número posible de personas, aunque pocos pueden permitirse pagar los mil chelines (unos 40 céntimos de euro) que cuesta la entrada al hall del Boma para seguir los encuentros deportivos.
Jimmy Okot fue uno de los pocos afortunados que siguió el partido inaugural en el que Sudáfrica empató a uno con la selección de México. Acudió con 24 de sus compañeros de la NUCBACD, una escuela para niños y niñas discapacitados que depende de la ONG local del mismo nombre cuyas siglas significan: “Acción Comunitaria del Norte de Uganda para Niños con Discapacidades”. “Aunque tenemos 150 alumnos, sólo pudimos pagar la entrada a 25 de ellos”, dice su directora, la jovial Teddy Ayoo. La mayor parte de ellos son sordos y mostraban su entusiasmo con manifestaciones poco ruidosas. Jimmy sí puede desgañitarse, y a sus 16 años ha jugado muchos partidos de fútbol, pero al no tener brazos cuando acude al aula tiene que esforzarse para coger el lápiz con ambos muñones mientras tensa la espalda todo lo que puede. Hace cinco años que los rebeldes del Ejército de Resistencia del Señor (LRA, en inglés) le cortaron los brazos a machetazos a la altura de los codos. Conocidos por su extraordinaria brutalidad, tras dos décadas de guerra que relegaron el norte del país a la pobreza más absoluta, desde finales de 2006 se trasladaron desde Uganda a la República Democrática del Congo y la República Centroafricana donde –apoyados por el régimen islamista de Jartum- continúan su campaña de terror.
Aunque la gente del norte de Uganda vive ahora libre de la violencia de años anteriores, el legado de trauma se deja notar en las depresiones profundas que viven muchos de sus habitantes. Jimmy es el único mutilado de la escuela NUCBACD, pero muchos de sus compañeros han sufrido otros traumas que dejan huellas menos visibles, particularmente el secuestro por parte del LRA, que durante sus ataques utilizó miles de menores obligados a entrar en sus filas como combatientes, porteadores o esclavas sexuales.
Un empate a uno no es un gran resultado, pero al final del partido el centenar largo de espectadores salen exultantes de gozo y hacen cálculos sobre los próximos partidos en los que jugarán selecciones africanas y sobre si sus bolsillos les permitirán verlos. Jimmy y sus compañeros caminan los tres kilómetros que separan al hotel Boma de su centro escolar mientras algunos de ellos tararean el pegadizo “Waka Waka” que acaban de ver cantado por Shakira. Durante el fin de semana, en el campo de fútbol recientemente construido al lado de su recinto, corren detrás del balón mientras sueñan con ser algunos de los futbolistas que han visto en la pantalla el día antes.
Red Deporte y Cooperación inició el año pasado una relación con NUCBACD, a la que hemos visitado dos veces. Gracias a un donativo de una donante de Ciudad Real hemos podido apoyarles con la construcción de un campo de fútbol y dos pistas para voleibol y netball. Los trabajos están ya muy avanzados. Teddy Ayoo, que comenzó hace cinco años esta escuela para acoger a los niños más desfavorecidos de Kitgum, reconoce que aunque aún faltan más aulas y dormitorios no pueden descuidar el desarrollo de lo que los niños necesitan más: “lugares donde jugar y hacer deporte, porque tienen derecho a vivir momentos de alegría”. Jimmy y sus compañeros, que pertenecen a una generación de niños para los que la alegría ha sido un bien escaso, no podrían estar más de acuerdo.