El pasado 31 de enero finalizó en Angola la Copa de África, una competición de fútbol que desde 1957 se celebra cada dos años. Esta última edición del torneo sirvió entre otras cosas para que nos enteráramos de que la mayor parte de los futbolistas africanos de cierto nivel juegan fuera de África, sobre todo en Europa. De los 345 futbolistas de los 15 equipos que participaron en la Copa África, 205 de ellos jugaban en equipos europeos. Siete de esos 15 equipos tienen solo tres jugadores, o menos, en su propio país. El equipo de Costa de Marfil sólo tiene a su portero suplente en casa. Las selecciones nacionales de Camerún y Nigeria sólo tienen futbolistas que juegan fuera de casa.
En España, durante las tres semanas que duró la Copa África, nos quedamos sin once jugadores. Por una vez nos dimos cuenta de que necesitamos a África para algo importante. Al estar así las cosas, algunos de los equipos africanos más prometedores al final resultan ser una colección de brillantes futbolistas, más que un verdadero equipo que funciona como tal, porque no han tenido tiempo de estar juntos para trabajar todos en la misma dirección.
La competición empezó con mal pie, incluso antes del comienzo oficial, debido al atentado que costó la vida al conductor y a dos miembros de la delegación de Togo cuando el autobús que transportaba entró en el territorio de Cabinda. Uno de los grupos rebeldes que desde hace años desarrolla allí un conflicto de baja intensidad, reivindicó el ataque. Este acto terrorista y la retirada del equipo togolés por órdenes del gobierno de este país dañó seriamente la reputación del torneo y de la Confederación Africana de Fútbol, institución que organiza este campeonato. Y la suspensión de Togo de las dos próximas copas de África por parte de la organización no hizo sino añadir más leña al fuego.
Los partidos no fueron excepcionales. En la final, Egipto se alzó con el triunfo por tercera vez consecutiva. Curiosamente, los faraones, como se conoce a los futbolistas egipcios, no estarán en los Mundiales de fútbol de este año, al haber sido eliminados por Argelia en los partidos para la clasificación, que por cierto tuvieron muy poco que ver con el espíritu de amistad entre los pueblos que se espera del deporte y estuvieron marcados por una gran agresividad dentro y fuera del estadio, con incidentes violentos graves que estuvieron a punto de provocar una ruptura de relaciones diplomáticas entre Egipto y Argelia.
Los acontecimientos deportivos suelen servir para mucho más que proporcionar un entretenimiento sano. Angola esperaba quitarse de encima la imagen negativa de un país que sufrió casi tres décadas de una guerra civil muy destructiva, y se gastó mil millones de dólares en la organización del evento, esperando que sirviera para reforzar su incipiente sector turístico. Pero muchos criticaron la infraestructura poco adecuada para acoger a un número sustancial de aficionados. Poquísimos africanos pudieron permitirse viajar a Angola y costearse la estancia en hoteles no muy buenos donde una habitación cuesta por lo menos 400 euros al día. Los primeros partidos se disputaron en estadios medio vacíos, y al final el gobierno decidió repartir decenas de miles de entradas de forma gratuita, animando a los angolanos para que acudieran a animar a los equipos. Estando así las cosas, sorprende poco que Angola obtuviera muy pocos ingresos y que no fuera capaz de cubrir los gastos, muy elevados para un país donde la mayor parte de sus habitantes vive con menos de dos dólares al día.